Incongruencias y una posible solución a nuestro proceso legislativo según John Stuart Mill

Es llamativo que, releyendo a los autores clásicos, ya sea de la antigua Grecia o del siglo XIX, se encuentren descripciones de nuestra situación política actual casi como si hubieran sido escritas la semana pasada.

Así ocurre con las Cortes Generales españolas. Nuestro sistema parlamentario bicameral, como el que existe en múltiples democracias, con sus características y errores, ya fue descrito por el filósofo y economista político John Stuart Mill (1806-1873) en su obra “Consideraciones del gobierno representativo” de 1861.

El filósofo y economista político británico John Stuart Mill

El filósofo y economista político británico John Stuart Mill. Imagen: hannaharendtcenter.org

En realidad, Mill hablaba del sistema bicameral británico, aunque como se comprobará a continuación, bien podría aplicarse al Congreso de los Diputados y al Senado españoles.

Requisitos del legislador

Para empezar, el filósofo considera que “una asamblea numerosa es tan impropia para la tarea directa de la legislación como para la de la administración” y que la tarea de elaborar las leyes corresponde a “espíritus experimentados y ejercitados” y a personas formadas “por medio de estudios largos y laboriosos“.

En segundo lugar, propone que sea una “comisión compuesta de un número muy pequeño de personas” la que haga una ley.

En otro rincón de su obra, Mill ya opinaba que las asambleas son buenas para deliberar pero no para tomar decisiones finales: “Lo que una asamblea puede hacer mejor que un individuo es deliberar. Cuando es muy importante o necesario oír muchas opiniones contradictorias, y tomarlas en consideración, una asamblea deliberante es indispensable (…); pero a título de consejera“.

Las enmiendas, principal problema de las leyes

Mill es contundente con las leyes que se enquistan en las Cámaras durante meses, cuyos retrasos achaca a que los parlamentarios no abandonan “el precioso privilegio de retocarlas con sus pesadas manos“.

“Poco importa que [la ley] haya sido redactada despacio por la autoridad más competente y provista además de todos los recursos e informes, o que haya sido preparada por una comisión selecta, encargada de este cuidado por su profundo conocimiento de la materia y que ha pasado años enteros de estudio y coordinación de la medida que se trata… “. La ley no pasará sin cambiarse.

Para el filósofo británico, los diputados deben prever el efecto que tienen las enmiendas sobre todos los artículos de la ley y que el conjunto del texto se pueda ubicar “con propiedad entre el conjunto de las leyes preexistentes”.

Por eso, considera que es imposible que estas condiciones se puedan cumplir “cuando las leyes son votadas cláusula por cláusula” en una asamblea compuesta por distintos partidos. En nuestro proceso legislativo hemos visto votaciones en las que las leyes pueden resultar en una especie de “Frankenstein” después de que se le añadan y modifiquen decenas de artículos tras pasar por el Congreso y el Senado.

Al respecto, Mill manifiesta espantado: “¡Cómo pintar el estado en que sale [la ley] de las manos de la comisión!”:

– Se olvidan las enmiendas que eran necesarias para que el resto tenga efecto.
– Se insertan otras enmiendas “increíbles para favorecer algún interés privado o para satisfacer a algún miembro” caprichoso que amenaza con retrasar la salida de la ley.
– Por instigación de algún “semi-sabio” que conoce la materia de forma superficial, se introducen artículos que conducen a consecuencias que no se habían previsto en el primer momento ni por el miembro que ha propuesto la ley ni por los que lo han apoyado, y será necesario en la sesión siguiente un acto reformatorio para corregir sus malos efectos.

Mill apunta que esta “incongruidad” en la manera de legislar nos llamaría más la atención “si nuestras leyes no fuesen ya, en cuanto a la forma y a la interpretación, un caos tal que nada parece poder aumentar la confusión y la contradicción”.

Sin embargo, actualmente las enmiendas se aceptan como un proceso normal en el que quien tiene la mayoría parlamentaria es quien puede modificar y la oposición, que ve el 98% de sus enmiendas rechazadas, critica que no se acepten sus cambios.

La propuesta de Mill: una comisión legisla, el Parlamento aprueba o rechaza

En su obra, John Stuart Mill plantea una posible solución al ineficiente proceso legislativo: una “comisión de codificación” que sería una institución permanente que velaría porque las leyes no se deterioraran y se hicieran todas las mejoras necesarias.

La comisión no tendría por sí misma, a propuesta de Mill, “el poder de dar leyes”. Representaría “el elemento de inteligencia” mientras que el Parlamento “representaría el elemento de voluntad” y la Cámara podría rechazar una ley y devolverla a la comisión para que la examinara y mejorara.

El filósofo da más pistas de cómo tendría que funcionar esta comisión en las que no vamos a entrar, pero sí subrayar que Mill señala que la idea proviene de la democracia ateniense.

En el sistema griego, la “Ecclesia” popular podía dictar “Pséphismos” -decretos-; pero las leyes propiamente dichas, solo podía expedirlas y cambiarlas un “cuerpo diferente y menos numeroso denominado el Nomoteta, que tenía también el deber de revisar el conjunto de las leyes y de concordarlas”.

Para conocer un poco más el pensamiento de John Stuart Mill os recomendamos este artículo de Pablo Simón en Jotdown.

Congreso, Función de control

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